14 mayo, 2013 2 comentarios

Ante una emergencia, ¿quién me ayudará?

En entradas anteriores hemos hablado sobre mitos en psicología que se sustentan únicamente en el sentido común. Sin embargo, sabemos que el sentido común no es nuestro mejor aliado a la hora de interpretar la realidad. Para ilustrar esto hoy hablamos sobre otro mito bastante extendido a nivel social: “Cuanta más gente presencie una emergencia, mayor será la probabilidad de que alguien intervenga”.

Antes de empezar, imaginemos dos situaciones distintas.

En la primera vamos caminando en una gran ciudad, no la conocemos muy bien, giramos una esquina y nos topamos con un largo y oscuro callejón. ¡Vaya nos hemos equivocado! Al dar media vuelta nos encontramos con dos hombres. Uno de ellos corre hacia nosotros y el otro que se encuentra detrás de éste no hace nada, se mantiene a unos 30 metros sin aparente relación. De repente, el primer hombre se nos abalanza, nos tira al suelo e intenta forcejear para robarnos la cartera.

En la segunda situación nos encontramos solos en una tarde soleada en el centro de un gran parque de una gran ciudad. Vemos que puede haber, así a ojo, unas 40 personas, cada uno a lo suyo, inmersas en sus actividades, algunos están sentados en los bancos, otros están dando un paseo, y otros juegan al fútbol. De repente, un hombre se nos abalanza, nos tira al suelo e intenta forcejear para robarnos la cartera.

Ahora prueba una cosa, cierra los ojos por un momento y pregúntate: ¿En qué situación sentirías más miedo?

Puede que hayas respondido que en la primera situación. Al fin y al cabo es razonable pensar que en la segunda situación la probabilidad de recibir ayuda es mayor, hay más personas en el parque.

Sin

embargo, la mayor parte de las investigaciones realizadas apuntan a que estaríamos más seguros en la primera situación. Pero, ¿cómo puede ser esto?

Lamentablemente existen una serie de horribles incidentes que atestiguan las conclusiones de las investigaciones realizadas. Veamos algunos ejemplos:

En el primero nos tenemos que remontar a la madrugada del 19 de agosto de 1995. Deletha Word de 33 años de edad estaba saliendo de un parque cuando accidentalmente chocó con el guardabarros del coche que conducía Martell Welsh de 19 años que iba acompañado de dos amigos. Ella no se detuvo y se inició una persecución que acabó en un puente de Detroit (Michigan, EEUU) debido al tráfico. Welsh y los dos chicos sacaron a la fuerza a Deletha, la golpearon y la dejaron en ropa interior. Durante todo ese tiempo pasaron multitud de personas por el puente. Incluso, en un momento dado, el agresor llegó a subir a Deletha en el aire gritando a la gente que observaba si alguien quería “un pedazo de esta puta”. Más de 40 personas presenciaron la agresión desde sus coches, pero nadie intervino. En un intento desesperado de escapar de sus agresores, Deletha saltó del puente hacia el río que atravesaba pero se ahogó.

Otro caso lo encontramos el 30 de mayo de 2008 en Hartford (Connecticut, EEUU). Ángel Arce Torres, un hombre de 78 años de edad, que volvía a su casa a pie después de comprar leche en un pequeño supermercado, es atropellado por un coche en medio de una calle muy transitada en hora punta. El atropello puede verse en un video que fue distribuido por el departamento de Policía de Hartford (contenido sensible). En él se observa como Torres es atropellado por un coche que se da a la fuga y queda inmóvil en el suelo, mientras numerosos espectadores simplemente miran y no hacen absolutamente nada. Una docena de coches pasan al lado sin detenerse. Incluso uno de los coches que presencia el momento del atropello se arrima un momento para después irse tranquilamente. Otro hombre en una moto rodeó el cuerpo de Torres brevemente antes de seguir su camino. Ni una sola persona se detuvo para ayudar antes de que un coche oficial de la policía llegara a la escena. Torres sobrevivió al accidente pero permanece conectado a un respirador, paralizado de cintura para abajo.

Estos dos casos representan de forma dramática una actitud de difusión de la responsabilidad, de no intervención por parte del espectador que a primera vista resulta muy difícil o imposible de explicar. Estos acontecimientos han sido y siguen siendo foco de preocupación. Los medios de comunicación han intentado explicar el comportamiento de este tipo de espectadores escudándose en la insensibilidad o apatía de las personas que viven en las grandes ciudades.

Sin embargo, a finales de 1960, los psicólogos John Darley y Bibb Latané plantearon una explicación muy diferente. Para ello se centraron en torno al incidente ampliamente conocido de la joven Kitty Genovese (en la imagen). El 13 de mayo de 1964, Catherine (Kitty) Susan Genovese, de 28 años de edad e italoamericana, volvía a su casa de madrugada después de trabajar en el restaurante que regentaba con sus padres. Vivía en el barrio de Queens en Nueva York. Aparcó su coche lo más cerca que pudo de su apartamento, a unos 30 metros, se bajó sola y empezó a andar. A mitad de camino Winston Moseley le abordó desde atrás asestándole diversas puñaladas hasta matarla, supuestamente a la vista de más de 38 testigos durante más de 45 minutos, que no hicieron nada ante los gritos de socorro de la muchacha.

En lugar de culpar a la apatía de los asistentes, tanto Darley como Latané, sospechan que las causas de la no intervención de los espectadores se encuentran más en procesos psicológicos comunes que en la naturaleza de las relaciones interpersonales que se crean en entornos urbanos.

Según estos autores, existen dos factores que explican esta ausencia de intervención del espectador.

En primer lugar, la persona tiene que darse cuenta de que algo pasa y reconocer que una emergencia es realmente una emergencia. ¿Alguna vez has visto a una persona tumbada en la acera y te has preguntado si necesita ayuda? Puedes pensar que tal vez este borracho, que le haya dado una bajada de tensión, tal vez esté descansando o puede que simplemente esté gastándole una broma a alguien. Lo que sueles hacer es mirar alrededor, y si al hacerlo te das cuenta de que nadie más mira, que nadie parece reparar en eso, hay más probabilidad de que asumas que la situación no es una emergencia después de todo. Darley y Latané llamaron a este fenómeno ignorancia pluralista: el error de suponer que nadie en el grupo comparte tu punto de vista («Nadie está haciendo nada, supongo que soy el único que piensa que esto podría ser una emergencia, estaré equivocado»). Un ejemplo familiar de la ignorancia pluralista es cuando inmediatamente después de una conferencia que ha dejado a todos los espectadores desconcertados se produce el silencio. Entonces el ponente pregunta «¿Alguien tiene alguna pregunta?». Y no responde nadie. Los espectadores miran a su alrededor con nerviosismo, uno puede ver que todos los demás no dicen nada, y asume erróneamente que todos, excepto ellos mismos, entendieron la conferencia.

En segundo lugar, Darley y Latané, describen otro proceso. Incluso una vez que está claro que la situación es una emergencia, la presencia de otras personas tiende a inhibir el acto de ayuda. ¿Por qué? Pues porque mientras más personas estén presentes en una emergencia, menos responsable se sentirá cada una de forma individual ante las posibles consecuencias negativas de no prestar ayuda. Si no ayudas a alguien que está teniendo un ataque al corazón y muere más tarde, siempre puedes decirte a ti mismo: «Ha sido una tragedia terrible, pero no fue culpa mía. Después de todo, había un montón de gente alrededor que podrían haber ayudado». Los autores llamaron a este fenómeno difusión de la responsabilidad o efecto espectador.

Existen multitud de investigaciones, bastante ingeniosas, donde los autores han demostrado esas ideas. En una muy famosa realizada en 1968 los participantes entraban en una habitación para completar una serie de cuestionarios, en una condición estaban solos y en otra acompañados por otros dos participantes. Después de unos minutos, salía humo por unas rejillas de ventilación de la habitación. Cuando los sujetos estaban solos salían de la habitación para avisar en el 75% de las veces, cuando estaban acompañados lo hicieron menos de la mitad de las veces (un 38%). Algunos sujetos en grupo llegaron incluso a estar en la habitación llena de humo hasta 6 minutos, al punto de no ver absolutamente nada, ni los cuestionarios que estaban completando.

Los psicólogos Latané y Steve Nida han analizado más de 50 estudios donde participaron casi 6.000 personas, encontrando que es más probable, ni más ni menos que en el 90% de los casos, que los  participantes ayuden con más frecuencia cuando están solos que cuando están en grupo.

Pero todo no esta perdido, existen personas que rompen la estadística. Por ejemplo, en el caso de Deletha Word dos hombres se lanzaron al agua en un intento infructuoso de salvar su vida y en el de Ángel Arce cuatro personas llamaron a la policía. Lo cierto es que todavía no sabemos a ciencia cierta lo que hace que algunas personas sean más propensas que otras a ayudar en situaciones de emergencia. Hemos descubierto que existen algunas características que ayudan: Los participantes que están menos preocupados por la aprobación social y son menos tradicionales tienen más probabilidades de ir contra la corriente e intervenir en situaciones de emergencia aún cuando otros que están alrededor no lo hacen.

Pero todavía existe algo más positivo, las investigaciones sugieren que el conocimiento que tienen las personas de misma investigación sobre el efecto espectador aumenta las posibilidades de intervención en situaciones de emergencia, lo que Kenneth Gergen llama «efecto de la iluminación», aprender acerca de la investigación psicológica puede influir en el comportamiento en el mundo real. Así que en los minutos que has dedicado ha leer este artículo y reflexionar sobre él puedes haber aumentado tus posibilidades de convertirte en un espectador que responderá en futuros casos de emergencia. Porque a pesar de no encontrar refugio y seguridad en la multitud en los números si podemos encontrarlo en el conocimiento.

Psico·Salud. Gabinete de psicología en Tenerife. 

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Lecturas recomendadas:

  • Lillienfeld, Jay Lynn, Ruscio y Beyerstein (2010). 50 Great Myths of Popular Psychology: Shattering Widespread Misconceptions about Human Behavior. London: Willey-Blckwell.
  • Furnham, A. (1992). Prospective psychology students’ knowledge of psychology. Psychological Reports, 70, 375–382.
  • Latane, B., & Darley, J. (1970). The unresponsive bystander: Why doesn’t he help? New York: Appleton-Century-Crofts.
  • Latane, B., & Nida, S. (1981). Ten years of research on group size and help ing. Psychological Bulletin, 89, 308–324.
  • Lenz, M. A., Ek, K., & Mills, A. C. (2009, March 26). Misconceptions in psychology. Presentation at 4th Midwest Conference on Professional Psychology, Owatonna, Minnesota.
Sergio García Morilla Psicólogo Sanitario. Máster en psicología clínica y de la salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas y trastornos psicológicos. Twitter

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