11 febrero, 2018 1 comentario

Un dragón en el garaje

¿Un dragón en el garaje? ¿A qué viene esto te preguntarás? Todo tiene una explicación. Hace poco hablando con una persona que defendía el uso del Reiki le pregunté que por qué creía en esa práctica y me dijo:

– Existe una energía cósmica que utilizamos los maestros en Reiki para sanar a las personas.

– ¿Y qué tipo de energía es esa? – le pregunté incrédulo.

– El Qui, una energía que la Ciencia aún no ha descubierto. Pero que se encuentra en todo el universo.

– ¿Y si la ciencia no la ha descubierto cómo sabemos que existe?

–  La ciencia no lo sabe todo – Se apresuró a decir.

– Estoy de acuerdo contigo – le admití porque me daba la impresión de que se sentía incómodo por mi curiosidad.

– Esta energía está en todas partes, cura a la gente, lo he visto con mis propios ojos y el hecho de que la ciencia no la haya descubierto todavía no significa que no exista.

Entonces, en ese momento me vino como un relámpago a la cabeza: «En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.» Con esta frase comienza la estupenda metáfora escrita por Carl Sagan en un capitulo de “El mundo y sus demonios” con la que pretende explicar uno de los pilares del método científico: El falsacionismo. También llamado principio de falsabilidad o refutacionismo este concepto acuñado por primera vez por el filósofo austriaco Karl Popper viene a decir que para que una teoría o hipótesis pueda ser considerada como cierta o verdadera tiene que poder existir la posibilidad de contrastarla, es decir, poder refutarla mediante un contraejemplo.

De forma general, ¿si no hay forma alguna de demostrar que “algo” es falso, comprobar mediante algún método (directo o indirecto) esa posibilidad, cómo podemos estar seguros que tenga credibilidad o incluso que pueda existir ese “algo”? Este concepto es fundamental en todas las áreas de la ciencia, y es especialmente útil para contrarrestar este tipo de creencias erróneas  que tienen algunas personas, como las del practicante de Reiki, sobre el hecho de que “cómo no puedes demostrar que lo que digo es falso entonces tiene que ser verdadero“. Nada más lejos de la realidad y Carl Sagan lo explica de “fábula”, os dejo el extracto del libro*:

Un dragón en el garaje

«En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.» Supongamos que te hago una aseveración como esta. A lo mejor te gustaría comprobarlo, verlo por ti mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

—Enséñemelo —me dirías.

Te llevo a mi garaje. Miras y ves una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.

—¿Dónde está el dragón? —me preguntas.

—Oh, está aquí —contesto yo moviendo la mano vagamente—. Me olvidé decirte que es un dragón invisible.

Me propones que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.

—Buena idea —replico—, pero este dragón flota en el aire.

Entonces propones usar un sensor infrarrojo para detectar el fuego invisible.

—Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.

Se puede pintar con spray el dragón para hacerlo visible.

—Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que me propones con una explicación especial de por qué no funcionará. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Tu incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspiramos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo te he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que has aprendido de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Te preguntaras, si no puede aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en tu pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, deseas mostrarte escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechazas de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la dejas en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, estarás dispuesto a examinarlo para ver si te convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me crees; o criticarte por ser un pesado poco imaginativo… simplemente porque pronunciaste el veredicto escocés de «no demostrado».

Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando las miras. Tu detector de infrarrojos registra algo. La pintura del spray revela una cresta dentada en el aire. Por muy escéptico que se pueda ser en cuanto a la existencia de dragones —por no hablar de seres invisibles— ahora debes reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que conoces, incluyendo algunas que estas seguro de que no se conocen entre ellas, te dicen que tienen dragones en sus garajes… pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos, sobre dragones no eran solamente mitos… Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas.

Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas «pruebas», por muy importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos físicos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.

Hasta aquí el capítulo de Sagan. Respecto a mi conversación con el practicante de Reiki, pues que giró en torno a la metáfora del Dragón en el Garaje intentando sustituir el concepto de Dragón por el Qui. A pesar de mis esfuerzos debo de admitir que no se fue muy convencido, sobre todo cuando le dije que en el caso concreto del Reiki no era verdad que la ciencia no había demostrado su ineficacia, de hecho una niña de 11 años de edad lo hizo hace ya algún un tiempo. Recuerdo siempre a Mark Twain cuando decía:

“Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Psico·Salud. Gabinete de Psicología en Tenerife.

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* Me he tomado la licencia de modificar ligeramente el texto por cuestiones de brevedad y agilidad en su lectura respetando al máximo su mensaje y contenido.

Recomiendo la lectura de Dragon in my Garage, la versión ilustrada (de donde he sacado las imágenes) de esta metáfora por JM OUDESLUYS. Genial

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