29 marzo, 2018 1 comentario

Amor líquido. Amor de usar y tirar

Cuando me comentaron que escribiera sobre los valores, ya había decidido hablar del concepto de amor líquido y pensé que tenían bastante relación ambos temas. Hablar de los deseos conflictivos, la fragilidad de los vínculos, la inseguridad, la ambivalencia entre la seguridad del vínculo convencional y la “libertad” de la ausencia de compromiso tiene mucho que ver con los valores. Hay un deseo de estar relacionados y a la vez la desconfianza de estar relacionados “para siempre”. Flota el temor de que se convierta en una carga poco soportable que limita la posibilidad de volver a tener otras relaciones, una especie de bucle absurdo de consumo, no quiero relaciones comprometidas para poder tener más relaciones no comprometidas. Este concepto se debe al sociólogo Zygmunt Bauman. Haré referencia a uno de sus libros titulado “Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos”, sobre todo a los dos primeros capítulos.

Las relaciones afectivas serían parte esencial del bienestar del individuo líquido y, a la vez, fuente de conflicto y angustia, o sea, una mezcla de terror y placer; las relaciones representan la ambivalencia actual entre lo que deseo y lo que temo.

Antes de la “era líquida”, en la que se suponía que las personas se guiaban por unos valores determinados, (solidaridad, voluntad, generosidad, justicia, honestidad, compromiso, etc) las relaciones eran un fin esencial para ser feliz. Ahora las relaciones son un entretenimiento para obtener placer y satisfacción inmediata “consumiendo” a personas como si fueran mercancías de estantes de un supermercado.

El manejo del amor líquido se convierte en un imposible complejo que incluye querer poder y no tener debilidad ni dependencia del amor, entre la atracción y la indiferencia, entre ser una parte entre los varios en vez de ser el uno de entre todos, quiero sentirme pleno pero no agobiado, quiero ser amado pero no obligado. Esto conduce a las llamadas relaciones de bolsillo  que saco como un pañuelo cuando quiero sonarme y lo guardo o tiro cuando cumplió su cometido y ya no son necesarias. Catherine Jarvie explica que las relaciones de bolsillo son “la encarnación de lo instantáneo y lo descartable”. Usted controla la relación teniendo en cuenta dos condiciones: la primera es: nada de enamorarse, nada de emociones que le conmuevan. La segunda condición es vigilar “las clandestinas corrientes emocionales”, si aparecen emociones que usted no pensaba salga corriendo antes de que empiece a sufrir y quede atrapado (como tantos y tantas) en “enganches afectivos”.

Esta idea hace que las “parejas abiertas” se consideren algo meritorio por ser “relaciones revolucionarias que han lo­grado hacer estallar la asfixiante burbuja de la pareja”. O que las relaciones deben ser revisadas regularmente para valorar su validez. Entonces se llega a la visión iluminada de que el compromiso es una trampa que hay que evitar pese al deseo de relacionarnos.  “Al comprometerse, por más que sea a medias, usted debe recordar que tal vez esté cerrándole la puerta a otras posibilidades amorosas que podrían ser más satisfactorias y gratificantes. Al igual que otras inversiones, primero rinden y luego declinan”. Y entonces, si usted quiere “relacionarse”, será mejor que se mantenga a distancia; si quiere que su relación sea plena, no se comprometa ni exija compromiso. Mantenga to­das sus puertas abiertas permanentemente. Así damos de bruces con la ambivalencia del deseo de relacionarnos y el miedo a que cristalicen las relaciones y no podamos tener nuevas relaciones.

Bauman habla de la nueva concepción de la “relación”, que se sustituye por conexiones, habla de conexiones, de redes. Las “relaciones”, “la pareja” o ideas semejantes resaltan un compromiso mutuo y excluyen lo opuesto; la red permite conectarse y desconectarse a voluntad. Este tipo de “conexiones” permite una mayor velocidad de sustitución de las personas esperando que la siguiente sea más gratificante.

Sobre el amor

«El conjunto de experiencias definidas con el término “amor” se ha ampliado enormemente. Relaciones de una noche son descriptas por medio de la expresión “hacer el amor”. Esta súbita abundancia y aparente disponibilidad de “experien­cias amorosas” llega a alimentar la convicción de que el amor es una destreza que se puede aprender, y que el dominio de esa materia aumenta con el número de expe­riencias y la asiduidad del ejercicio. Incluso se puede llegar a creer (y con frecuencia se cree) que la capacidad amorosa crece con la ex­periencia acumulada, que el próximo amor será una experiencia aún más estimulante que la que se disfruta actualmente, aunque no tan emocionante y fascinante como la que vendrá después de la próxima».

“Y por eso es imposible aprender a amar, tal como no se puede aprender a morir. Y nadie puede aprender el elusivo -el inexistente aunque intensamente deseado- arte de no caer en sus garras, de mantenerse fuera de su alcance. Cuando llegue el momento, el amor y la muerte caerán sobre nosotros, a pesar de que no tenemos ni un indicio de cuándo llegará ese momento. Sea cuando fuere, nos tomarán desprevenidos. En medio de nuestras preocupaciones cotidianas, el amor y la muerte surgirán ad nihilo, de la nada.”

La acumulación de experiencias cortas conduce a la repetición de conductas y estereotipos que van perdiendo sentido en cuanto que dejan de ser especiales, que es lo que se supone que es el amor a una persona, lo que la hace diferente del resto. Si repito x veces al año esta experiencia “amorosa”, se convierte en una rutina como tomar el desayuno cada mañana y no va a quedar nada nuevo ni especial para el-la siguiente; antes de terminar ya piensa en el siguiente episodio de amor. De todo esto resulta una incapacidad aprendida de amar.

«En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro. Eso es lo que hace que el amor parezca un capricho del destino, ese inquietante y miste­rioso futuro, imposible de prever, de prevenir o conjurar, de apre­surar o detener. Amar significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el gozo en una aleación indisoluble, cuyos elementos ya no pueden separarse. Abrirse a ese destino significa, en última ins­tancia, dar libertad al ser: esa libertad que está encarnada en el Otro, el compañero en el amor. Como lo expresa Erich Fromm: “En el amor individual no se encuentra satisfacción […] sin verda­dera humildad, coraje, fe y disciplina”; y luego agrega inmediata­mente, con tristeza, que en “una cultura en la que esas cualidades son raras, la conquista de la capacidad de amar será necesariamente un raro logro”.»

“Y lo mismo ocurre en una cultura de consumo como la nuestra, partidaria de los productos listos para uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción instantánea, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados, las recetas infalibles, los seguros contra todo riesgo y las garantías de devolución del dinero. La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa, pero inspiradora del profundo deseo de que resulte verdadera) de lograr “experiencia en el amor” como si se tratara de cualquier otra mercancía. Seduce y atrae con su ostentación de esas características porque supone deseo sin espera, esfuerzo sin sudor y resultados sin esfuerzo. Sin humildad y coraje no hay amor. Se requieren ambas cualida­des, en cantidades enormes y constantemente renovadas, cada vez que uno entra en un territorio inexplorado y sin mapas, y cuando se produce el amor entre dos o más seres humanos, éstos se internan inevitablemente en un terreno desconocido”

Bauman continúa haciendo una disquisición entre el deseo y el amor:

«El deseo es el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de alteridad. (…) A partir de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe emerger despojada del aguijón de la tentación, sin ningún acicate. Es decir, si es que sobrevive a tal tratamiento. Sin embargo, lo más posible es que, en el curso del proceso, sus restos no digeridos hayan pasado del terreno de lo consumible al de los desechos”. Lo que se puede consumir atrae, los desechos repelen. Después del deseo llega el momento de disponer de los desechos.

“Por otra parte, el amor es el anhelo de querer y preservar el ob­jeto querido. Un impulso centrífugo, a diferencia del centrípeto deseo. Un impulso a la expansión, a ir más allá, a extenderse hacia lo que está “allá afuera”. A ingerir, absorber y asimilar al sujeto en el objeto, y no a la inversa como en el caso del deseo. El deseo es ampliar el mundo: cada adición es la huella viva del yo amante; en el amor el yo es gradualmente transplantado al mundo. (…). Y por eso, el amor implica el impulso de proteger, de nutrir, de dar refugio, y también de acariciar y mimar, o de proteger celosamente, cercar, encarcelar. Amar significa estar al servicio, estar a disposición, es­perando órdenes, pero también puede significar la expropiación y confiscación de toda responsabilidad. Dominio a través de la en­trega, sacrificio que paga con engrandecimiento”.

«Si el deseo ansia consumir, el amor ansia poseer. (…). Si el deseo es autodestructivo, el amor se autoperpetúa. Como el deseo, el amor es una amenaza contra su objeto. El de­seo destruye su objeto, destruyéndose a sí mismo en el proceso; la misma red protectora que el amor urde amorosamente alrededor de su objeto, lo esclaviza. El amor hace prisionero y pone en custo­dia al cautivo: arresta para proteger al propio prisionero. El deseo y el amor tienen propósitos opuestos. El amor es una red arrojada sobre la eternidad, el deseo es una estratagema para evitarse el trabajo de urdir esa red. Fiel a su naturaleza, el amor lu­chará por perpetuar el deseo. El deseo, por su parte, escapará de los grilletes del amor.»

Ese encuentro ocasional previsto solo para una noche, en un alto porcentaje de casos, se reduce a una experiencia de esa noche, pero puede ocurrir que en alguna ocasión aparezca una emoción inesperada, salte la alarma de prorrogarlo y aquí aparece el pánico. Según Jarvie, es “un punto intermedio entre la libertad de los encuentros ocasionales y la seriedad de una rela­ción importante” (aunque la “seriedad”, tal como la propia Jarvie recuerda a sus lectores, no sirve para proteger a una “relación im­portante” ni impide que ésta termine en “dificultades y amarguras” cuando un miembro de la pareja “sigue comprometido con la rela­ción mientras el otro ansia buscar nuevos campos de pastoreo”).

Se olvida o, simplemente no se cree, que el amor puede coincidir con el deseo… el problema es ¿Cuánto tiempo?… estamos acostumbrados al consumo de manera que antes de empezar ya estamos pensando que se va a terminar; sabemos que en algunos casos, pequeños porcentajes, se produce esa unión extraña de amor y deseo durante un tiempo suficientemente razonable.

El mercado de consumo y el amor líquido.

El estilo de vida del mercado de consumo ha acabado condicionando el deseo y el amor. El deseo actual consiste en ”ahora, ya”, no se puede diferir; a diferencia del deseo ortodoxo que “necesita atención y preparativos, ya que involucra largos cuidados, complejas negociaciones sin resolu­ción definitiva, algunas elecciones difíciles y algunos compromisos penosos, pero peor aún, implica también una demora de la satisfac­ción, que es sin duda el sacrificio más aborrecido en nuestro mundo entregado a la velocidad y la aceleración”. Al igual que otros productos, la relación es para consumo inmediato y para uso único, “sin perjuicios”. Primor­dial y fundamentalmente, es descartable. Los productos pueden cambiarse si salen defectuosos o no nos satisfacen, entonces ¿por qué no hacer lo mismo con las relaciones de pareja?

Prosigue Bauman comparando las relaciones con una inversión en la que no tiene cabida ningún juramento de lealtad. El compromiso dependerá del grado de satisfacción que nos provoca la relación y de las pérdidas en caso de abandonarla. Ello conduce a un dilema: la relación no cumple la necesidad que tenía de mitigar la inseguridad que padecía en su soledad, ahora está menos seguro que antes, usted puede decidir si lo toma o lo deja pero su pareja también. En una relación, usted puede sentirse tan inseguro como si no tuviera ninguna.

El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo”, dice Octavio Paz. Pero no el amor líquido que, fugaz y fragmentario, se acoge a lógica de lo desechable». Con el amor líquido “uno pide menos y se conforma con menos”, dice Bauman, pues no está dispuesto a invertir demasiado. Es un amor que no concibe la dificultad ni el sufrimiento. La gente quiere salir ilesa de esa experiencia, no correr peligro alguno ni tener secuelas. Pero el amor siempre implica riesgos como indica Paz, “como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema ventura y la desdicha suprema”.

El usuario de amor líquido se contenta con migajas afectivas y una sexualidad más superficial y desenfadada ante el miedo de la incapacidad de escapar al compromiso de la mirada del otro.

«El amor líquido, en definitiva, es un signo de los nuevos tiempos. De que lo fragmentario, la incertidumbre y la inestabilidad se han instalado también en nuestra vida cotidiana. Pero eso no quiere decir que el amor romántico, duradero, que se funda en la intimidad y que tiene como contracara la posesión, la fidelidad y el esfuerzo cotidiano por construirse, desaparecerá. Lo que pasa es que ya no está solo. No es la única manera de amar, ni quizá se considere la más ‘correcta’. Porque si algo es un signo de esta época es la convivencia de todos los esquemas y modelos en una misma ciudad, en un mismo grupo, y a veces hasta en una misma persona».

Estamos en tiempos de profunda soledad pero nunca tanta gente presumió de vivir bien en soledad: hombres y mujeres empiezan relaciones sentimentales que lejos de ser satisfactorias se limitan a ser la materialización de enfermizas fantasías personales y se agotan al poco tiempo. Pocos desean una relación estable y a largo plazo, prefiriendo enfocarse en el placer sexual, despreciando cualquier tipo de compromiso. Muchos buscan a alguien, sin saber qué es lo que quieren de ese alguien, y jamás están satisfechos. Quizás, detrás de esa apuesta por las relaciones líquidas muchos añoran la calidez de los demás seres humanos, las relaciones de verdadera amistad, y nuestro par, que es de donde proviene la palabra “pareja”, alguien que nos provoque esa compleja gama de sentimientos que acomodamos bajo el concepto de “amor”, por no saber cómo llamarlo realmente. Sentirse seguro, completo, fuerte, realizado, porque amamos y somos correspondidos en la justa medida.

En definitiva lo que predomina es el miedo, a desvelarse, a comprometerse, a perderse a “alguien mejor”, enfrentado al miedo a la soledad, a la inseguridad afectiva y al desamparo emocional.

Las “conexiones” de las que habla Bauman se producen también en directo, dos personas se conocen, tienen una noche, pueden incluso hablar de amor, pero no quieren cerrar puertas, quieren seguir teniendo otras ofertas y seguir consumiendo personas, el shopping sigue,  y simplemente aprietas la tecla “delete”, y el otro pasa a la cara oculta de la luna, pasa a ser un desconocido o, como dice la canción, alguien a quien solía conocer (Somebody that I used to Know), y aquello que pensabas que compartías queda en una especie de duda mnésica, si fue real, o fue fantasía o simplemente falso o fue una elección del estante de la tienda para ser consumido y eliminado.

Lo más que ha conseguido el amor líquido es, aparte de un reguero de “cadáveres afectivos” atemorizados por la frialdad y por sentirse mercancías con obsolescencia programada, una enorme cantidad de candidas, tricomonas y gardenerellas, entre otras, que dan fe de la realidad de la “liberación” femenina y su igualdad con el hombre así como un medio perfecto para que todos aquellos que ya no creen en el amor se creen un “como si” del amor que dura una noche una semana lo cual, por cierto, puede estar en proporción con los valores predominantes actualmente.

 

Saulo Pérez Gil.

Psiquiatra.

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1 comentario
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Hace 2 meses
Echo de menos los estudios científicos en los que os basáis en este artículo para llegar a todas las conclusiones que se extraen respecto al funcionamiento del amor. Entiendo que si dais credibilidad a lo que está escrito, vuestras intervenciones estarán influidas por ello. Me da la sensación de que para unas cosas sois muy científicos, pero para otras no. Un saludo,
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