26 noviembre, 2012 2 comentarios

Evolución y Emoción (I): El punto de partida

Un buen punto de partida para entender las emociones en el ser humano es comprender por qué las tenemos. Podríamos ser seres sin emociones, todo es posible, pero ¿por qué la evolución se ha empeñado en conservarlas a lo largo de los siglos? ¿Qué valor tuvo entonces y qué valor tienen hoy en día?

Estas reflexiones considero que son necesarias porque, en ocasiones, nos centramos en describir, aceptar, trabajar, gestionar las emociones pero nos olvidamos de preguntarnos por qué las tenemos, ¿por qué somos seres emocionales?

Algo es indiscutible, si no hubieran sido necesarias no las hubiéramos heredado de nuestros antepasados. Como seres biológicos, somos el resultado de una extirpe de supervivientes cuya lucha tenaz y continua contra la escasez de recursos, los depredadores, los competidores, la dura intemperie, etc. hizo que sólo los más aptos, los más adaptativos, los mejores, sobrevivieran y procrearan, teniendo descendencia y por tanto legando a su progenie recursos y habilidades que han perdurado hasta nuestros días.

La comunidad científica esta de acuerdo en el hecho de que la evolución, como proceso implacable, perseverante y selectivo ha otorgado un papel principal a la emoción en nuestro desarrollo filogenético. Su papel ha sido fundamental en la supervivencia ya que nos permitió (y permite) afrontar situaciones demasiado difíciles (la lucha o la huida ante un peligro inminente, el riesgo, las pérdidas irreparables de allegados, la persistencia en la consecución de un objetivo a pesar de las frustraciones del camino, las relaciones de pareja, la creación de una familia, etc.) como para ser resueltas exclusivamente por nuestro cerebro más racional.

Por otro lado, ¿te has detenido alguna vez de manera consciente a observar tus propias emociones? Si lo has hecho puede que te hayas dado cuenta de cómo cada una de ellas nos predispone de manera distinta para la acción, es como si nos preparan, como si nos señalaran una dirección que, en este pasado del que hablamos, permitió resolver adecuadamente los innumerables desafíos a los que se vio sometida nuestra especie.

Desde este punto de vista, todas las emociones son, esencialmente “impulsos” que nos llevan a actuar de una manera determinada, son como “programas” de reacción automática que hemos heredado, de tal forma que han terminado integrándose en nuestro sistema nervioso como tendencias innatas y automáticas.

Si analizamos la misma raíz etimológica de la palabra “emoción”, ésta proviene del latín emovere (“mover”) y el prefijo “e” implica de, desde, hacia, es decir, “movimiento hacia o desde”, sugiriendo una tendencia a la acción. Es por eso que una emoción saca a uno de su estado habitual.

Si todavía no lo ves claro, basta con observar a los niños e incluso a los animales para darte cuenta de cómo las emociones les conducen a la acción.

La distinta impronta biológica de cada emoción pone en evidencia que cada una de ellas desempeña un papel único en nuestro repertorio emocional. Esto quiere decir que todas y cada una de las emociones que sufrimos a lo largo de nuestra vida ha tenido, al menos en su origen una clara función relacionada con la supervivencia de la especie. Y que puede verse reflejada en cómo estas emociones nos hacen actuar con respecto a los demás y a nosotros mismos.

En el siguiente post hablaré sobre las emociones más básicas como la ira, la tristeza, el miedo, la alegría o el amor y que función han tenido y siguen teniendo en la supervivencia de nuestra especie.

PsicoSalud. Gabinete de Psicología en Tenerife.

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Sergio García Morilla Psicólogo Sanitario. Máster en psicología clínica y de la salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas y trastornos psicológicos. Twitter
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