30 noviembre, 2012

Evolución y Emoción (II): La emoción que nos impulsa a luchar

Anteriormente hablamos sobre las razones por las que la evolución decidió que nuestra especie debería de ser una especie emocional, sobre cómo este bagaje tiene un extraordinario valor de supervivencia y cómo esta importancia evolutiva se ve reflejada en el hecho de que las emociones han terminado integrándose en nuestro sistema nervioso en forma de tendencias innatas y automáticas. Debemos recordar que toda emoción nos moviliza a la acción en el amplio sentido del término, nuestro organismo reacciona de manera distinta según la emoción que experimentemos y, por tanto, se suceden cambios nerviosos, hormonales y musculo esqueléticos particulares para cada una de ellas.

En esta serie de “Evolución y Emoción” nos centraremos en las emociones básicas más importantes y su función, indagaremos sus orígenes e intentaremos darle una explicación evolutiva. Comencemos pues por enfadarnos un poco:

Imaginemos una situación donde nuestros antepasados, habitantes de un mundo hostil e inseguro, se topan de repente con un enemigo que amenaza la integridad de su familia y pretende robar los alimentos que la sustentan. Lo que necesita, si quiere sobrevivir y proteger a los suyos, es poner en marcha un proceso de lucha claramente dirigido a atacar o repeler ese peligro externo. Para ello necesita que su corazón bombeé con fuerza y rápido (aumento del ritmo cardiaco y del flujo sanguíneo), para que la sangre llegue a sus músculos y en especial a las extremidades superiores, ya que de esta forma le será más fácil empuñar un arma o golpear a su enemigo. Al aumentar el ritmo cardíaco, aumenta el torrente sanguíneo y la velocidad con la que la sangre llega a los distintos músculos del cuerpo que, junto a un incremento de la tasa de determinadas hormonas, como la adrenalina, generarán la energía necesaria para acometer acciones vigorosas.

Este proceso es desencadenado por una emoción básica muy fuerte, la ira, esta emoción predispuso a nuestro antepasado (y nos predispone actualmente) a la lucha, al ataque, a defender lo que consideramos nuestro y no queremos que nadie nos lo arrebate. Cuando sientas ira o enfado obsérvate, observa esa parte de ti que has heredado de tu linaje evolutivo, de aquellos que tuvieron esa emoción intensa que les ayudó a vencer en el combate.

Ahora bien, este tipo de emociones (y otras que veremos más adelante en otras entradas) en la actualidad pueden resultar peligrosas. Paul Eckman pionero en el estudio de las emociones y uno de los psicólogos más destacados de los últimos tiempos advertía: “La ira es posiblemente la emoción más peligrosa y algunos de los principales problemas que aqueja la sociedad actual están directamente relacionados con su crecimiento desproporcionado”.

Eckman se refería al hecho de que en la actualidad, esta emoción que nos moviliza hacia la lucha, y que tanto nos ha servido en el pasado, ha perdido todo su valor adaptativo ya que hemos construido una sociedad que delega nuestra seguridad y protección personal a instituciones formalizadas (policía, ejércitos, jueces). Ya no tiene sentido, y de hecho puede ser delito la lucha, respaldado por el axioma social de “nadie puede tomarse la justicia por su mano” por lo que la función evolutiva primordial de la ira no es tan importante para el individuo imbuido en una sociedad civilizada.

Tanto para la emoción de la ira como para nuestro repertorio emocional completo tenemos que tener presente que se desarrolló en un tiempo en que carecíamos de una tecnología y una estructura social tan poderosa como la que tenemos en la actualidad. Hoy en día una persona iracunda puede resultar un peligro social grave y si dispone de la tecnología actual el resultado puede ser fatal. Existen multitud de casos que reflejan este hecho, como puede ser el asesino que en verano del año pasado hizo explosionar un coche repleto de explosivos frente a un edificio gubernamental de Oslo para, un par de horas después y disfrazado de policía, asesinar a tiros a más de 84 personas en la Isla de Utoya (Noruega) pertrechado con fusiles de asalto y equipamiento militar. Otro ejemplo lo encontramos hace ya unos años en los asesinos del instituto de Columbine (EEUU) que hicieron lo suyo disparando indiscriminadamente a compañeros y profesores. A esto se refería Eckman cuando afirma muy acertadamente que “Durante la prehistoria, si alguien tenía un ataque de ira y se le pasaba por la cabeza matar a otra persona, no tenía tantas facilidades como ahora para hacerlo.”

Sin embargo, todo no es tan negativo en la emoción de la ira, Séneca afirmaba que nos da arrojo o valor para enfrentarnos a los peligros y Cicerón incluso le atribuye una innata franqueza cuando decía que “somos más sinceros cuando estamos iracundos que tranquilos”. Me quedo con la reflexión de Séneca para seguir utilizando la ira (siempre en las dosis adecuadas) en nuestra “civilizada sociedad”, haciendo que nos de arrojo para enfrentarnos a nuestros miedos, porque si sentimos enfado o ira no sentimos tanto el miedo, es interesante tener esto en cuenta cuando algo nos atemorice mucho y tengamos que enfrentarnos a ello. Las ideas “esta situación no podrá conmigo”, “voy a luchar contra esto”, “voy a hacerle frente”, “venceré”, etc. han ayudado a muchas personas, a veces sin saberlo, a superar fobias, miedos o situaciones aversivas. Y son simplemente el correlato cognitivo, la idea que emerge de una emoción que sigue siendo muy adaptativa, la Ira.

Sergio García Morilla. Psico·Salud.

Centro de Asistencia Psicológica.

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Sergio García Morilla Psicólogo Sanitario. Máster en psicología clínica y de la salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas y trastornos psicológicos. Twitter
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