20 febrero, 2013

La importancia de un lenguaje preciso

En Psicología, como ocurre en muchas otras ciencias, existen una serie de términos propios de la disciplina que trascienden el ámbito profesional o académico y terminan instalándose en el lenguaje popular y colectivo.

Así ocurre con palabras como “personalidad”, “empatía”, “autoestima” o “estrés” que se han abierto paso en nuestro vocabulario diario. Esta difusión enriquece el lenguaje pero en ocasiones trae consigo una serie de problemas que los profesionales deben corregir. Y es que, a medida que un término se vuelve más popular, mayor es la probabilidad de que se aleje o diversifique de su denominación científica original, con lo que pierde rigurosidad, exactitud y precisión.

Ocurre que la psicología incorpora a su vez término antiguos y/o comunes que cuando se normalizan e intentamos someterlo a investigación nos produce más de un quebradero de cabeza. De esta forma resulta casi imposible por ejemplo, estudiar de forma concreta y unánime la «atención» puesto que esta tiene numerosas atenciones. Necesitamos definir el objeto de nuestro estudio con total claridad y concresión sino es difícil el avance de nuestra ciencia.

La necesidad de una clara definición

Cuando queremos definir algún fenómeno tenemos que delimitar un concepto, formar un término y asignarle una denominación. Categorizaciones todas ellas, que permiten a los sujetos comprender y comunicar una realidad.  Pero empecemos por el principio:

Los conceptos son “unidades de pensamiento o conocimiento”, que comprenden una serie de características comunes asignadas a los objetos que representan. Como decían Arntz y Picht,  los conceptos en sí mismos no están directamente vinculados a determinadas lenguas, aunque reciban la influencia social y/o cultural de cada momento en el que surgen. Podemos afirmar que son los elementos clave para la compresión de los fenómenos naturales, de las experiencias que emergen en interacción con el entorno y que ayudan a delimitar su extensión (por ejemplo el concepto de amor, pareja o de amistad). La psicología ha puesto en relieve la importancia que tienen los conceptos en la organización de nuestro conocimiento, en la visión que tenemos de nuestra realidad.

Por otro lado tenemos los términos, unidades de forma y de contenido que son parte del sistema de una lengua en particular, dependen de ella, la definen (podemos llamarlo amor, love o amour). Ya tenemos la realidad conceptualizada y expresada en términos, ambos, procesos de gran importancia para el conocimiento ya que permiten que el fenómeno forme parte de un sistema lingüístico estructurado, ocupando un determinado nivel, relacionado con otros términos y participando en la construcción de nuestro discurso.

Por último tenemos las denominaciones. Aquí queríamos llegar. Éstas, son las designaciones de los conceptos en el lenguaje especializado.  Están formadas al menos por un término y sirven tanto para designar objetos materiales como objetos inmateriales. La denominación de los fenómenos es fundamental para comprenderlos y caracterizarlos (por ejemplo la definición que propone Stemberg sobre el amor y sus características de intimidad, pasión y compromiso)

Pero, ¿Por qué deberíamos tomarnos la molestia de ser tan puntillosos con el lenguaje?

La razón es evidente, al menos para los profesionales. No hay que olvidar que el fin último del lenguaje científico es transmitir conocimientos y, para alcanzar tal fin, la precisión constituye la cualidad más importante del mismo.

Esta característica de precisión está a su vez relacionada, en gran medida, con la precisión de cada uno de los términos y denominaciones empleados. Como señala Bertha Gutiérrez, esta precisión en los términos peligra tanto y más cuanto mayor sea la sinonimia (palabras con significados equivalentes), la polisemia (una palabra con distintos significados), y la homonimia (diferentes palabras con misma forma) que contenga esos términos.

Tomemos como ejemplo la definición de “estrés” y sus derivaciones. ¿Serías capaz de definirlo con claridad?, ¿qué es estrés y qué no es?, ¿estrés y ansiedad es lo mismo? La palabra “estrés” es posiblemente, una de las palabras con mayor difusión, ambigüedad y complejidad en el ámbito psicológico. Ha sido muchas veces definida por sus síntomas, por ejemplo, si alguien está tenso, angustiado o fatigado en el trabajo diríamos que está “estresado”. Igualmente es común escuchar expresiones como “¡Que estrés, no voy a llegara a tiempo!”, “mi hija esta estresada, está en época de exámenes” o “el médico me ha dicho que lo que tengo es estrés”. Un rápida lectura denota la diversidad de significados,  y lo complejo que puede llegar a ser buscar un consenso sobre el término científico y preciso de estrés.

En la medida que un fenómeno, sea cual sea, es conceptualizado de manera unívoca, la comunicación entre los profesionales e investigadores se hace fluida y su contribución en el estudio de ese fenómeno se enriquece. Por el contrario, cuando el fenómeno adquiere diferentes denominaciones, aunque éstas se realicen a través de sinónimos, puede llevar a la idea de que se está hablando de cosas distintas, que se trabaja sobre cosas diferentes (podemos encontrar muchos ejemplos distintos en la literatura, tanto popular como científica, en relación a el síndrome de quemarse en el trabajo o burnout o la inteligencia emocional entre otros) y puede generar un debate de partida sobre cuál es la denominación más acertada. En último término este debate no hace más que dificultar la investigación y la integración de conocimientos en un campo de estudio y, lo que es más importante, esta  situación genera desconcierto y confusión ante cualquier persona que quiera acercarse a la psicología e intente conocer el fenómeno o saber qué es y qué no es eso que le interesa.

Un nuevo futuro en el horizonte

El gran cambio va a ocurrir cuando la psicología se desprenda de todo ese lenguaje enmarañado, popular, inexacto y antiguo y comience a definir de otra forma los fenómenos que estudia. Eso sería lo ideal, y no sería nada extraño que ocurriese. La mayor parte de las disciplinas científicas han pasado por ese periodo de «depuración» de su lenguaje.

Por otra parte no hay que olvidar que nuestra labor y deber como psicólogos es el informar a todo aquel que esté interesado en conocer cualquier fenómeno de carácter psicológico de manera precisa y rigurosa. Sin que esto suponga caer en tecnicismos que dificulten la transmisión de los conocimientos pero sin renunciar al derecho de la rigurosidad que nuestra disciplina se merece.

Sergio García Morilla.

Psico·Salud. Gabinete de psicología en Tenerife.

Twitter Sergio

Lecturas:

  • Arntz, R. Y Picht, H. (1995). Introducción a la terminología. Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
  • Gil-Monte, P.R. (2005). El Síndrome de Quemarse por el trabajo. Madrid: Pirámide.
  • Gutiérrez, B.M. (1998). La ciencia empieza en la palabra. Análisis e historia del lenguaje científico. Barcelona: Península.
Sergio García Morilla Psicólogo Sanitario. Máster en psicología clínica y de la salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas y trastornos psicológicos. Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: