4 marzo, 2013

La crisis y sus secuelas psicológicas

Es raro el día que pasemos sin que nadie haga alusión a la crisis económica o a sus consecuencias. Expresiones y palabras antes infrecuentes como ERE, recesión, prima de riesgo, desahucios, desempleo, corrupción política, etc. resuenan en todos los medios de comunicación y charlas de cafetería a diario. Nos recuerdan la precariedad de nuestra situación económica y laboral, describen un panorama teñido por la crisis.

La crisis implica cambio, generalmente traumático. Trae consigo la inestabilidad de una realidad que considerábamos firme y segura. Nos arrastra hacia la incertidumbre de un  futuro que se nos muestra opaco. Toda esta situación tiene una serie de consecuencias más allá de lo económico, sus secuelas tocan los pilares más importantes de nuestra vida y tienen repercusiones a nivel psicológico.

La primera pista la podemos encontrar en el aumento del consumo de ansiolíticos en la población, que se ha duplicado en los últimos 8 años. El Plan Nacional sobre Drogas da cifras cercanas al millón de consumidores, de los cuales dos tercios son mujeres. La Sociedad Española para el estudio de la ansiedad y estrés (SEAS) comenta que más de un 16% de los españoles han consumido algún psicofármaco en el último año.

¿Nos estamos volviendo locos?. Nada más lejos de la realidad, el estrés y concretamente la ansiedad es una respuesta que hemos heredado de nuestros antepasados, se encuentra fuertemente arraigada en nuestra colección de emociones básicas ya que nos ayudó a sobrevivir en tiempos en que vivíamos en cavernas y los depredadores acechaban en las sombras. Por aquel entonces necesitábamos contar con un sistema que creara una rápida reacción en su organismo, ya que cuando un tigre aparece para comerte no es buen momento para pensar ni valorar qué hacer. En psicología denominamos la ansiedad como “respuesta de lucha y huida” definiéndola en función de las reacciones que provoca en nuestro organismo y huyendo de connotaciones peyorativas. Así, cuando un peligro aparece, nuestro cuerpo reacciona acelerando nuestro ritmo cardiaco y respiración, tensando nuestros músculos, etc. Es decir, preparándonos para luchar o para salir corriendo de la amenaza. Una respuesta muy adaptativa en esas circunstancias.

Sin embargo, el entorno ha cambiado. Ya no hay que huir de tigres, ni luchar a muerte con nuestros competidores por recursos. La sociedad ha evolucionado más rápido que nuestro propio organismo, que sigue reaccionando igual que antaño. Éste percibe la crisis como una potencial amenaza por lo que reacciona igual que si fuera un tigre, pero no lo es, es algo peor, es una situación que genera estrés prolongado, no es puntual. Es una incertidumbre continua, una inestabilidad global. Cuando esta activación (la ansiedad) se alarga en el tiempo, se vuelve crónica y produce problemas físicos y trastornos psicológicos, como por ejemplo los síndromes de estrés (un 20% de la población sufre o sufrirá algún trastorno relacionado con la ansiedad a lo largo de su vida según la OMS).

Pero la ansiedad no deja de ser una de las muchas secuelas que pueden sufrir las personas en situaciones de crisis o precariedad prolongada. Pueden aparecer otros trastornos asociados cuyo incremento está alertando a los profesionales de la salud como por ejemplo los trastornos de sueño, trastornos de alimentación, ludopatía (obsérvese el incremento de programas de televisión relacionados con el juego o el aumento de las ventas de apuestas y loterías) o trastornos relacionados con el consumo de sustancias como alcohol, tabaco o cannabis donde las personan buscan alivio momentáneo de un malestar que les resulta insoportable, aún a riesgo de caer en la adicción. Igualmente se pueden observar una serie de respuestas de tipo emocional ante las frecuentes acusaciones del estilo de “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades” que hacen sentir a los individuos culpables de todo lo que les pasa “¿por qué diablos me habré metido en esta hipoteca?” o “¿por qué habré pedido ese crédito?” lo que acarrea sentimientos de frustración, ira, miedo así como pensamientos de incapacidad, fracaso, vergüenza o culpa, que poco a poco van sumiendo a las personas en un estado de inactividad y apatía. Mermando, a su vez, su autoestima y el concepto que tienen de sí mismos.

La incertidumbre y la apreciación de escasa repercusión de nuestros actos (manifestaciones, protestas, huelgas, etc.) pueden llegar a generarnos una profunda tristeza y resignación. Como descubrió el psicólogo americano Martin Seligman ya en la década de los 70, cuando el individuo siente que las posibilidades de intentar cambiar un aspecto importante de su vida se escapan a su control va perdiendo el deseo y la voluntad, se van instalando en él la indefensión, la depresión y la desesperanza. Llegando, en su expresión más grave, al suicidio (la OMS alerta de que un incremento del 1% en la tasa del paro se podría traducir en un aumento del 0,8% en la tasa de suicidios) como es el caso de la mujer de 47 años que se quemó a lo bonzo hace unos días en una sucursal bancaria de Castellón mientras gritaba “¡me lo habéis quitado todo!”.

Pero, ¿qué podemos hacer?. Mantenernos juntos, apoyarnos en los nuestros. Los estudios revelan que el grupo social cercano y la familia son factores protectores frente a la depresión y la tristeza. Sentirnos una comunidad, luchar por ella, ser activos en las propuestas, tener iniciativa, hace que percibamos mayor sensación de control en nuestra vida por nuestra propia implicación, reduciendo de esta forma la sensación de indefensión.

No descuidemos nuestra salud física ni psicológica, nosotros somos la esperanza y la solución a esta situación impuesta. Si nos encontramos ansiosos, tristes o manifestamos algún tipo malestar que altere o interfiera nuestros hábitos o nuestra vida, no lo dejemos pasar, no permitamos que se cronifique instalándose en nuestra vida, haciendo más difícil y costosa la recuperación. No nos conformemos con recetas simples, con vivir anestesiados. Ayudémonos unos a otros, porque si esperamos que la ayuda venga de arriba o de fuera, mejor hacerlo cómodamente sentados.

Sergio García Morilla. Psico·Salud

Centro de Asistencia Psicológica.

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Fuentes consultadas:

  • American Psychiatric Association (1995). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (4ª ed.). Barcelona: Masson. (Original de 1994.)
  • http://www.ansiedadyestres.org Página oficial de la Sociedad Española para el estudio de la Ansiedad y el Estrés.
  • http://www.who.int/es/http://www.who.int/es/http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/ansiedad-medicamentos-recetados-adiccion-mismos/1354206/ Noticia en relación a cómo los ansiolíticos pueden generar dependencia con graves efectos secundarios.
  • http://www.who.int/es/ Portal de la Organización Mundial de la Salud en castellano.
  • http://www.pnsd.msc.es Portal oficial del Plan Nacional sobre Drogas del ministerio de Sanidad y Servicios Sociales del Gobierno de España.
  • http://www.publico.es/450919/la-mujer-que-se-quemo-a-lo-bonzo-en-una-sucursal-bancaria-de-castellon-sigue-muy-grave
  • Seligman, M. (1991).Indefensión. Madrid: Debate.
Sergio García Morilla Psicólogo Sanitario. Máster en psicología clínica y de la salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas y trastornos psicológicos. Twitter

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