4 abril, 2013 1 comentario

Hablemos de estrés. La Respuesta de estrés.

En nuestra serie “Hablemos de estrés” hemos abarcado, por una parte, el concepto de estrés, qué es, cuáles son sus variables así como las características básicas de las situaciones que lo provocan. Y por otra, hemos estudiado estos estresores dividiéndolos según su impacto en nuestra vida. En esta entrada vamos a analizar los cambios que se producen en nuestro organismo cuando entra en juego un estresor. Lo que llamaremos respuestas de estrés.

¿Qué nos ocurre en nuestro cuerpo cuando nos estresamos?

El estudio científico del estrés se fundamenta en una aproximación multidisciplinar, esto implica el trabajo conjunto de equipos formados por profesionales de distintas disciplinas como médicos, endocrinólogos, fisiólogos, psicólogos, neurólogos, etc. Lo que nos permite abarcar de manera más amplia el fenómeno y delimitar una serie de señales o síntomas que lo delatan.

Sabemos que la respuesta de estrés es subjetiva y personal, depende de cómo percibamos la situación de estrés (incluso cuando se piensa en algo potencialmente estresante) y de nuestra capacidad de hacerle frente. Es un proceso complejo que se compone de diversos niveles (fisiológico, psicológico, emocional y conductual). Intentaré exponerlo de la manera más sencilla posible:

En primer lugar, cuando se nos presenta una situación potencialmente estresante se produce la evaluación y toma de conciencia de la misma. La examinamos y evaluamos sus características (por ejemplo grado de predictibilidad, incertidumbre, controlabilidad o amenaza) que determinaran la intensidad de nuestra respuesta de estrés.

Una vez valorada la necesidad de actuar, de adaptarnos a este nuevo entorno, nuestro cuerpo activa el Hipotálamo, una glándula endocrina de origen ancestral situada en lo más profundo de nuestro cerebro, cuya función principal es la expresión fisiológica de la emoción. Es el hipotálamo quien da el pistoletazo de salida a la respuesta del estrés.

Este “disparo nervioso” viaja a través de fibras que pasan por nuestra médula espinal, de esta forma, el hipotálamo se comunica con las glándulas suprarrenales situadas en nuestros riñones que son las encargadas de regular químicamente la respuesta de estrés a través de la secreción de distintos tipos de hormonas (corticosteroides y catecolaminas).

La adrenalina es una de ellas (junto con la noradrenalina o la dopamina), una catecolamina que, bajo la respuesta del estrés, se vuelca al torrente sanguíneo unas 1000 veces por encima de los valores normales. De esta manera comienzan a circular las hormonas en nuestra sangre y su efecto en el organismo se extiende más allá del sistema nervioso. Prepara a nuestro cuerpo para enfrentarse a la situación, por ejemplo libera glucosa de las reservas de nuestro hígado para su consumo rápido, ¡necesitamos energía!, ¿quién sabe que puede pasar?

Estas hormonas tienen distintos efectos, según donde actúen. Así, a nivel cerebral la noradrenalina y la dopamina regulan nuestra conducta afectiva y emocional (orquestada por nuestro antiquísimo sistema límbico, la filogenia nos dice que lo hemos heredado de nuestros antepasados más lejanos). Y a nivel periférico, es decir fuera del sistema nervioso, producen efectos cardiovasculares y metabólicos sobre la coagulación de la sangre y sobre los órganos digestivos, riñones, ojos y aparato genital entre otros.

Vemos como una percepción del entorno puede tener como consecuencia una reacción químicamente intensa en nuestro organismo, una prueba más en contra del dualismo cartesiano que separaba erróneamente la mente del cuerpo, ambas están invariablemente unidas.

Esta secreción de sustancias, y la activación psicofisiológica consecuente, tienen y han tenido para nuestro organismo un valor de supervivencia importante. La respuesta del estrés es, en esencia, la misma cuando sufrimos ansiedad (también llamada respuesta de lucha o huida) y tiene una serie de correlatos que si no interpretamos correctamente pueden derivar en trastornos de índole psicológica (generalmente trastornos de ansiedad como crisis de angustia o pánico, ansiedad generalizada, ansiedad por la salud o hipocondría, etc. ).

Esta respuesta de estrés, ¿es buena o mala?

Este proceso es totalmente normal y saludable, está relacionado con el eustrés o estrés positivo del que hablamos en la primera entrada. Suele ser puntual y tiene una serie de efectos que todos hemos experimentado en alguna medida a lo largo de nuestra vida, tales como el aumento de la presión arterial así como un aumento de la tasa cardiaca y de la cantidad de sangre bombeada. ¿Para qué? Pues para que la sangre fluya más rápido por todo el organismo y nuestros músculos estén bien irrigados y nutridos para utilizarlos en caso de emergencia.

Igualmente se produce un aumento del aporte sanguíneo a nuestro cerebro que ayuda a mejorar estados de concentración y alerta ante los estímulos. Así como la  liberación de opiáceos endógenos (endorfinas y encefalinas) que nos ayudan a disminuir la percepción de dolor. Como vemos, nuestro organismo es muy efectivo, nos prepara para cualquier cosa, más de 30.000 años de evolución y adaptación de nuestros antepasados a entornos cambiantes y amenazantes lo avalan.

¿Qué ocurre si la situación estresante se prolonga mucho?

Pues que la naturaleza no nos diseñó para esto. En este caso estaríamos hablando de un tipo de estrés desadaptativo, un estrés negativo o distrés, desgraciadamente el tipo de estrés más frecuente en la actualidad y al que todo el mundo hace referencia cuando dice encontrarse estresado. Sobreviene cuando la situación de estrés se prolonga y nuestro organismo no puede mantener la respuesta de estrés sólo con adrenalina y noradrenalina, debido a la naturaleza efímera de las mismas (su efecto dura segundos o minutos). Entonces recurre a otra sustancia, una hormona de más lenta absorción que es capaz de mantener la activación que necesitamos durante más tiempo. Así, a parte del hipotálamo se activa otra glándula endocrina, la hipófisis para ayudarla en esta tarea y se pone en marcha lo que se conoce como el eje hipotalámico – hipofisario (HHP).

El resultado es que se secreta Cortisol (conocido comúnmente como la hormona del estrés) al torrente sanguíneo. Sus efectos son beneficiosos para el organismo, actúa como antiinflamatorio, reparador de células dañadas y generador de energía extra. Sin embargo, todo tiene un costo y aquí es donde viene el problema, se ha comprobado que niveles continuos de cortisol en sangre debido a los estresores crónicos en nuestra vida diaria tiene efectos perjudiciales para la salud. Como por ejemplo, debilitan notablemente las defensas inmunitarias del organismo haciéndonos más vulnerables a agentes patógenos del entorno y a determinadas enfermedades. En siguientes entradas analizaremos las consecuencias negativas del estrés en la salud.

En resumen, el estrés provoca una respuesta en nuestro organismo a distintos niveles que lo que busca es movilizarnos a la acción, a la resolución del problema o amenaza que ha surgido en nuestro camino, predisponiéndonos a luchar o huir. No hay nada malo en ello. El problema surge cuando estos estresores son continuos, intensos y frecuentes en nuestro día a día, lo que provoca un tipo de respuesta que, sin buscar el perjuicio de nuestro organismo, puede provocarnos problemas de salud física y psicológica si no ponemos en marcha las estrategias, técnicas y herramientas necesarias para hacerle frente.

Psicosalud. Gabinete de Psicología en Tenerife.

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Lecturas:

  • De Rivera, L. (2010). Los síndromes del estrés. Madrid: Síntesis.
  • Robles Ortega, H., Peralta Ramírez, M.I.(2010). Programa para el control del estrés. Madrid: Pirámide.
  • Soly, B. (1987). Stress. Bilbao: Ediciones mensajero. 
Sergio Garcia Morilla
Sergio García Morilla Psicólogo Sanitario. Máster en psicología clínica y de la salud con amplia experiencia en evaluación, diagnóstico y tratamiento de problemas y trastornos psicológicos. Twitter

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